
Publicado en Levante, 24 de abril de 2026
Mucho se habla de estar en el lado bueno de la historia, cuando se trata de defender los propios intereses que nos afectan. Resulta complicado saberlo, y solo los patanes dicen conocerlo: porque ignoramos cómo y cuándo va a terminar la historia, ya que el futuro no está a nuestra disposición. El futuro, por serlo, es indesfuturizable: no podemos disponer de lo que todavía no es. Otra cosa es que para conseguir lo que no está en nuestras manos, nos portemos mal: no es la solución cuando encontramos un problema. Y en todo caso, si hacemos eso, es evidente que no estamos en el lado bueno de la historia.
Por otro lado, los malos, en lenguaje trumpiano, ya que estamos con eso, nunca van a adueñarse de la historia, aunque se esfuercen por ser malos malísimos. La historia tiene un final feliz, quizá no tan ingenuo como supuso Fukuyama al señalar el final de la historia cuando cayó definitivamente el comunismo, lo que evidentemente es erróneo y a la vista está.
La cosa es más seria que deslizar frases tan hueras como la de estar en el lado correcto de la historia. Amén de que sabemos que la historia la escriben los vencedores. Y aún así, tiene esos vuelcos en los que de pronto lo que parecía bueno y saludable se troca en malo e insalubre.
A estas alturas conviene saber que el lado bueno de la historia no es un ingenuo buenismo. Es lo propio de la condición humana superar obstáculos, dificultades, y, por supuesto, no dejarse llevar por la maldad aun cuando se pueda presentar como la solución rápida y efectiva. Hay que tener redaños.
Hemos de pensar más allá de lo que cuentan los libros de historia. Se dice que el tiempo pone a cada uno en su sitio. Sin embargo, quien pone a cada uno en su sitio no es el tiempo, sino la eternidad. El tiempo se consume -tempus fugit-: cronos devora a sus hijos; y lo que considerábamos sólido se desmorona convirtiéndose en escombros.
Hay que trascender y encontrar caminos humanos en los que emerja la eternidad. El lado bueno de la historia es encontrar sendas transitables en medio de las asperezas de la vida, de selvas intrincadas o de senderos al borde del precipicio, ingeniando soluciones para que el futuro, siempre incierto, sea mejor. Nuestras acciones cotidianas son semilla de bondadosos cambios en marcha. Las historias sencillas, esas que apenas se perciben y que están a nuestro alcance, muestran que la esperanza no es una utopía y que el ser humano ha de reflejar las bondades del cielo.