SER CIEGO

Publicado en Levante, 25 de marzo de 2024

Pedro López. Grupo de Estudios de Actualidad

Dice Víctor Hugo, en Los Miserables, que “ser ciego y ser amado, es, en este mundo en que nada hay completo, una de las formas más extrañamente perfectas de felicidad”, siempre y cuando tengamos a nuestro lado a la persona que nos cuide, porque “la dicha suprema de la vida es la convicción de que somos amados, amados por nosotros mismos; mejor dicho amados a pesar de nosotros. Esta convicción la tiene el ciego. ¿Le falta algo? No, teniendo amor no se pierde la luz. No hay ceguera donde hay amor. Se siente uno acariciado con el alma. Nada ve, pero se sabe adorado. Está en un paraíso de tinieblas”.

He pensado muchas veces que lo que subyace en esta sociedad del malestar, a pesar de la abundancia material, es la pérdida de la conciencia moral: permanecer ciegos voluntariamente, que conlleva una falta de esperanza, resultado de hacer innecesaria cualquier salvación. Nos autoafirmamos en que no precisamos de nada ni de nadie; pero tal aserto es completamente falso, es vivir en una mentira.

La irrealidad de ser selfman o selfwoman contiene una raíz moral que pregona la irrelevancia de Dios; y más si ese ser se ha encarnado y ha pasado, en cierto sentido, oculto y, por ese motivo, ha sido menospreciado, ninguneado por utópico, apaleado por débil, abrumado a latigazos y coronado de espinas por inofensivo y risible, condenado a muerte por su inocencia, y muerto por mí en su estupidez. La Semana Santa pone ante nuestros ojos una tragedia de la que yo no puedo ausentarme. Jesús significa Dios salva, y aunque pensemos que no requerimos de redención, no dejamos por eso de sentir la imperiosa necesidad que tenemos de un salvador, porque ésta es la raíz de la esperanza. ¿Qué espera el que cree que actúa bien, que lo que hace es correcto? Y que, en consecuencia, no ha de arrepentirse de nada. Sin lugar a dudas, se trata de un necio. Ne scio, que en latín significa que no sabe. Porque lo bueno hay que ganárselo, hay que aprender a hacer el bien, también con nuestros errores.

Una persona con un corazón moralmente nublado no permite que su inteligencia sea capaz de descubrir y luego asombrarse por lo descubierto; y menos todavía contemplar la grandeza, bondad y belleza de Dios: disfrutar. Vivimos en una crisis antropológica y no tanto financiera, social, migrante, económica, climática, e incluso religiosa: todo esto viene a continuación. Si no somos más que un depredador en una cadena trófica de una evolución azarosa y ciega, ciertamente estamos llamados a desaparecer: bien por suicidio individual, bien porque, sin tener razones para ello, no transmitiremos la vida, pues al fin y al cabo el traer nuevas criaturas a este mundo no sería más que un acto de insolidaridad sin esperanza, abocado al sufrimiento. La falta de un más allá, de un cielo, trastoca de tal modo el alma que nos deja desnudos de toda esperanza.

 

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