
Publicado en Levante, 15 de septiembre de 2026
Pocas personas saben que cuando se aprobó la ley electoral de 1985, en la etapa de Felipe González, se consolidó y sistematizó el sistema proporcional que había sido elegido para las primeras elecciones democráticas, ya que se trataba inicialmente de algo provisional para conocer las orientaciones en materia política del pueblo español: después de 40 años de dictadura no se sabía con certeza.
El caso es que no hay nada más definitivo que lo provisional, que solo se modifica cuando se cae a pedazos. Me parece llegada la hora de realizar el sueño inacabado, después de 50 años vividos en democracia, y máxime tras comprobar algunos desmanes de los políticos que se consideran con patente de corso para hacer y deshacer a su antojo.
El sistema proporcional actualmente vigente (1985), considera la provincia como circunscripción, las listas cerradas y bloqueadas -que eligen los dirigentes del partido-, y el método D’Hondt. Lo que resulta finalmente de este proceso es que los ciudadanos apenas participan en la elección, pues nadie conoce a los 16 diputados que, a modo de ejemplo, han de ser designados diputados por la provincia de Valencia. Y que una vez elegidos, no responden ante quienes los han votado sino a quienes los han propuesto. Y ya se sabe que “el que se mueve no sale en la foto”. Esto comporta ‘obediencias ciegas’, contrarias a la constitución que, en su artículo 67, 2, indica que “los miembros de las Cortes Generales no estarán ligados por mandato imperativo”. Pero de facto es raro salirse de la disciplina del grupo parlamentario, porque gracias a quien le ha puesto (no a quien le ha elegido) está en dónde está, y es quien le da de comer. Esto supone una perversión del modelo del poder legislativo, que queda supeditado al ejecutivo, por cuanto que al deber el puesto al jefe se subyuga o se embelesa, según sea, a tener que votar lo que el portavoz del grupo parlamentario señala: un dedo alzado es sí; dos dedos, no; tres dedos, abstención. Y todos a una, como Fuenteovejuna, se abalanzan a votar lo previsto, sin posibilidad de disidencia. Y nadie se desmanda, salvo el que quiera perder los privilegios de que gozan los parlamentarios.
No podemos convertirnos de ciudadanos en súbditos; y que hasta dentro de cuatro años no tengamos nada que hacer, más que el derecho al pataleo. Parece justo, por tanto, lo que propuso García-Trevijano, entre otros, de que el parlamento español sea elegido en distritos unipersonales, de modo que los electores puedan conocer al candidato electo y, una vez finalizado el proceso electoral, el elegido represente a sus electores, no al jefe del partido que lo ha presentado.