
Publicado en Levante, 17 de marzo de 2026
Grupo de Estudios de Actualidad
La pedantería y la vanidad nos llevan al postureo. Y es universal. No sé por qué se le aplica casi en exclusiva a la mujer, cuando los hombres somos tan vanidosos o más que ellas. Es una característica humana, aunque ahora se ha puesto de manifiesto que los simios también simulan. Fingimos que sabemos lo que no sabemos. Y como la ignorancia es atrevida, resulta fácil deslizarse al ridículo. Nos hinchamos como el sapo, y pensamos que hemos producido admiración con el zasca, lo que nos lleva a considerarnos por encima de los otros, a pontificar, aunque todo nuestro saber se reduzca, en el mejor de los casos, a la lectura de un artículo, un podcast en el gimnasio o simplemente por lo que hemos escuchado en la televisión o en la radio.
Un apunte concreto: resulta curioso que los gobiernos, en cualquier esfera, se hayan bufado de patanes que apenas saben nada, pero que han medrado a la sombra de los partidos y del poder. Y eso lo saben bien los funcionarios que han de lidiar con zopencos que se creen con derecho a hacer de su capa un sayo, y saltar por encima de la ley o retorcerla hasta hacer que diga lo contrario de lo que dice. No es necesario señalar a nadie: es pan de cada día.
Hoy todo el mundo sabe de todo: de medicina gracias al doctor Google; de calentamiento global o cambio climático. Ya dijo Aristóteles, allá por el siglo V antes de nuestra era, que la meteorología es una de las disciplinas no reducida -¿irreductible?- a la Física, pues se rige por un indeterminismo a prueba de bombas como es el caos.
El Meteorológico de Aristóteles no ha sido superado todavía, como en otras disciplinas de la Naturaleza, aunque se hayan introducido observaciones precisas apoyadas en el progreso de la ciencia. Otro tanto sucede con la Geología que no es sustancialmente diversa de la concepción aristotélica. Seguimos, pues, casi en el mismo nivel: lo que menos conocemos es el suelo que pisamos y el aire que respiramos.
De dietética todo el mundo hace teorías, a veces desvariadas, cuando el sentido común nos dice que el hombre es un animal (y por tanto heterótrofo: come cadáveres) omnívoro al que conviene ingerir de todo en una combinación equilibrada de los distintos nutrientes, necesarios para el desarrollo y el mantenimiento de un buen estado de salud, en orden a los fines de la vida (racional): a su fin intelectual (actuar según razón) y moral (espiritual). Por eso, Aristóteles afirma la necesidad de la templanza y de la sobriedad, justo medio entre el exceso -la glotonería y la lujuria, que pueden ser signos de una disfunción- y el defecto -la insensibilidad para todo placer: anhedonia; que puede ser indicio de enfermedad-, de modo que su espíritu se desarrolle en un cuerpo limpio y robusto; y como animal social, comparte la comida con los demás, en la mesa -y no en el abrevadero y comedero, donde cada uno va a lo suyo, como hacen los animales-, en un rito social considerado por todas las culturas como el más importante con que se celebra y se vive la amistad humana tanto en la cotidianidad familiar como en momentos festivos.