LA LUZ DE LA ESPERANZA

Publicado en Levante, 15 de marzo de 2021

 

Hace años, se cantaba una canción que pomposamente remarcaba un estribillo: tres cosas hay en la vida, salud, dinero y amor. Sin embargo, el orden debería ser distinto: amor, salud y dinero; aunque la rima sea disonante. Ciertamente, lo que queremos, por encima de todo, es amar y ser amados: ser importantes. ¡Tú me importas!, es lo que nos hacer ser alguien y no algo. Pero, en una sociedad marcadamente abocada a lo material, es lugar común querer disponer de muchos bienes o, al menos, tener una seguridad en una retribución más o menos holgada. La pobreza es un estigma social: lo es ahora y lo ha sido siempre.

La salud, es otro gran punto. Lo vemos con la pandemia. Cuentan los que han pasado por una situación de extrema vulnerabilidad, con lágrimas en los ojos, la angustia sufrida, el apuro de verse hechos una piltrafa tendida en una cama de UCI, en soledad, en incertidumbre y desamparo. Hoy somos quizá más conscientes de que la salud, como se dice en tono de humor, es un estado transitorio que no presagia nada bueno. Aunque, bromas aparte -con la que está cayendo, no es el momento-, lo que deberíamos desear con denuedo es la preservación del amor. Amor que nos encandiló y que nos hizo darnos cuenta de que el éxtasis, el salir de si, valía la pena. No deberíamos olvidar el dicho popular de “contigo, pan y cebolla”. Cuando se quiere de veras a otro/a, se está dispuesto a vivir con él/ella no sólo cuando vienen bien dadas, sino también -y es lo fundamental- cuando sobreviene la ruina y la adversidad. Empeñar la vida por un amor es sin lugar a dudas la mejor de las historias: siempre tiene final feliz. Querer es decir: mi vida sin ti no tiene valor. Pero no vale el simple amorío, que es dar gato por liebre.

El amor nos hace perdurables. Sin amores que valgan, la vida se nos antoja incierta y finalmente una pesadumbre. No es necesario validar esta afirmación: es evidente. Pero la cuestión fundamental es que ese amor sea imperecedero, no sea ajado por el tiempo que todo lo oxida. San Agustín nos advierte de que el amor es nuestra grandeza; y que ha de ser permanente. Y así nos indica que lo que deseamos es la vida eterna: amor que no se gasta ni se desgasta con el paso del tiempo. Y escribe: «fijaos bien en lo que Dios promete: la vida eterna… ¿Qué es lo que el mundo puede prometer? Que prometa lo que quiera, pero lo promete a alguien que puede morir al día siguiente». Entonces, el aquí adquiere un valor relativo. Sic transit gloria mundi, decían los clásicos: la gloria del mundo es caduca.

Quevedo dejó escrito en Los Sueños que si «murieran las almas con los cuerpos, se sigue que el animal del mundo a quien Dios dio menos discurso es al hombre, pues entiende al revés lo que más importa, esperando inmortalidad; y seguirse ha que a la más noble criatura dio menos conocimiento y crió para mayor miseria la naturaleza humana».

 

 

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