FUNERALES DE ESTADO

Publicado en Levante, 9 de febrero de 2026

Pedro López

Grupo de Estudios de Actualidad

 

Da la impresión de que hay un confusión permanente en buena parte de nuestra clase política: el estado aconfesional (el nuestro) no es un estado laico (laicista) que ignora la realidad religiosa existente entre sus miembros, sino un estado que no tiene confesión propia, pero reconoce la existencia religiosa entre sus ciudadanos. Lo cual es lógico, teniendo en cuenta que quien tiene fe -o deja de tenerla- no es un ente abstracto, jurídico e impersonal, como el estado, inexistente a tales efectos, sino las personas. Cada persona tiene fe o no la tiene, tiene fe en unas creencias o en otras. Plantear, por tanto, desde arriba, un «funeral de estado laico» está llamado al fracaso por inexistente. El Estado, creyente o no, en una cosa o en otra, es una aberración: creen las personas, no las instituciones. Y si además no se tiene en cuenta a las personas destinatarias, se cae en imprecisiones e imposiciones, como generar un «funeral de estado laico», que ni el que lo manda sabe en qué consiste, pero lo inventa para hacerse la foto. Y paradójicamente el Estado se atribuye de una prerrogativa que carece, pues si el Estado ni tiene fe ni deja de tenerla, ¿a qué viene encorsetarlo en una trascendencia que no posee o en una inmanencia en la que no se sostiene?

Y ya puestos, todos hemos asistido a “funerales laicos”, queridos por los interfectos. A mi personalmente me acongoja: suelo salir más triste de lo que entré. Y eso que la música en estos casos es suavizante y envolvente. Un canon en D Mayor de Pachelbel, un adagio, o un Somewhere over the raimbow con música hawaiana oceánica, no dejan de ser una envoltura sentimental para unos momentos amargos; que junto con unos versos de Pablo Neruda, de Miguel Hernández o de Rafael Alberti, con todos mis respetos, evocando lo imposible -el adiós definitivo y la mutua presencia eterna (un oxímoron)-, dejan al alma más cansada, más agotada y agostada; pues la impresión es de profunda e insalvable melancolía: pretender que no te hayas ido cuando te has ido… por siempre jamás. Si es que, como estoy suponiendo, no hubiera más existencia que la terrenal porque ya no se cree en el más allá. A mi me parece impostura, la pretensión de imitar, a modo de sucedáneo, el original, trajinado desde tiempos inmemoriales por la humanidad. Y lógicamente, un funeral de estado no se dirige a quién se le debe: al difunto-a/s y a sus familiares; sino al staff organizador que chupa cámara y desde la superioridad ordena y condiciona la escena.

Porque si realmente se quisiera tener un funeral por las personas afectadas: ¡Córcholi!, lo primero que hay que tener en cuenta son a las propias personas afectadas, y preguntarles; y no a las que buscan ser el centro para un beneficio personal o electoral. Al final, el Estado pretende apropiarse no solo del poder terrenal, sino del poder sobre las conciencias, lo que indica la absolutización del Estado hacia el totalitarismo, como ya apuntara H. Arendt en «Los orígenes del Totalitarismo».

Y si, como bien decía uno de los familiares, Huelva es tierra de Santa María y buscamos a quien de verdad pueda protegernos, para un onubense es clarísimo: la Blanca Paloma.

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