
Publicado en Levante, 2 de marzo de 2026
Grupo de Estudios de Actualidad
Casi medio millón de españoles son veganos (no comen ni siquiera huevos o leche, derivados de animales); y cinco millones son vegetarianos (no comen carne ni pescado, ni marisco) o flexitarianos (personas que comen principalmente vegetal, pero consumen carne o pescado ocasionalmente, sobre todo si es jamón o langostino). La restricción de carnes rojas va en aumento, por la supuesta relación entre su consumo y el cáncer colorectal; y la carne de conejo y otros animales, también está en descenso, por cuestiones más relacionadas con mascotas y Walt Disney.
Y qué decir del ayuno: hay múltiples recetas para adelgazar. La lista es enorme. Pues bien, todo está enfocado para ser engañados y comer menos: dietas disociadas; ayunos intermitentes de X horas o días; dietas ricas en fibras y bajas en calorías; etc. La cosa en definitiva es pasar hambre, bien a lo bestia, sin anestesia; o bien engatusando al organismo un poco para que se haga más suave, haciendo que la absorción de alimentos sea más reducida o cosas similares; amén, lógicamente de gastar más calorías en el deporte y los fitness. Y luego los nuevos medicamentos para adelgazar: la semaglutida.
Hasta hace bien poco, quién ayunaba lo hacía por un motivo de estricta necesidad médica o religioso; en este último caso se le podía hacer una cuchufleta, por anticuado, grisáceo y cavernícola. Y hoy, si no realizas cualquiera de lo comentado anteriormente, o todo incluso, es un averiado, un “fofisano” en el mejor de los casos.
Así que volviendo al asunto inicial, y ya metidos en cuaresma, resulta de una lógica aplastante el que, a lo largo de los siglos, se hiciera abstinencia y ayuno. Bien sabido es que en la actualidad, los católicos solo hacen ayuno dos días en toda la cuaresma (y año): mayores de 18 años y menores de 59; mientras que la abstención de comer carne solo unos pocos viernes al año (los de cuaresma). Antiguamente era más estricto y por eso se organizaban a su alrededor el carnaval (al comienzo) o el entierro de la sardina (riquísima para el colesterol y cardiosaludable) u otras zarandajas burlonas que ponían el acento en el inicio o la finalización de la privación.
La Cuaresma no es un tiempo triste, sino una invitación a revisar la propia vida, a simplificarla. El objetivo del ayuno es educar el deseo. En una sociedad marcada por la inmediatez, aquí y ahora, el ayuno nos recuerda que somos capaces de autocontrol y de dominar los impulsos y no depender de ellos. Al experimentar una carencia voluntaria, tomamos conciencia también de nuestros límites y de la fragilidad corporal que nos atenaza; y esto nos libera: porque muchas cosas no son necesarias.
Recuerdo a un columnista que tenía un amigo que había pasado 40 años en la selva: era misionero. Cuando regresó a España, por los años 90, su amigo lo llevó por el Madrid de entonces y le enseñó los grandes almacenes. A la salida de uno de ellos, con la cara radiante, le preguntó qué le había parecido, y entonces el selvático le dijo: todo es muy bonito, pero aquí hay un montón de cosas que yo y la gente con la que convivo no necesita para nada.