ESCUELA, JÓVENES Y EL BICHO

Escuela, jóvenes y el bicho

Publicado en Las Provincias, 12 de agosto de 2020

El mundo está viviendo el problema del bicho, peste, plaga o COVID-19. Después de cierto hipercontrol, algunas campanas tocaban al vuelo y alguna gente trataba de revivir el tren de vida como de antes de la pandemia. Las consecuencias ya se constata que no son meros rebrotes, sino que el virus se mete con jóvenes, como dicen nuestros periódicos y también otros, como los franceses. Esto se concreta en el estudio publicado en el Journal of Adolescent Health (junio de 2020), manifestando que un 30% de los adolescentes y jóvenes, entre 18 y 25 años, sufriría un cuadro grave (respirar, cardiovasculares, comer, recuperarse, emotividad…), especialmente si fuman.

¿Qué se hace para contrarrestarlo? Aparte de algunas investigaciones, se dan consejos disuasorios, mediante la acumulación de datos, normas y penalizaciones económicas. Tales enfoques emocionalizan a las masas al provocarles sobre todo miedo, incertidumbre… Estas últimas parecen medidas reaccionarias, ya que van detrás de los acontecimientos, en vez de prevenirlos.

Para esto, habría que ir a las raíces del mal. Los rebrotes se ligan al tren de vida definido por la juerga, el botellón, encuentros sociales, con faltas de precaución por hacinamiento e interacción urbana por tanta actividad. Pero, en esto hay hechos que no se mencionan. El amontonamiento por interacción urbana puede efectuarse con orden, respetando distancias entre personas y uso de bozales. Sin embargo, tales situaciones se ponen en práctica arrastrados por el imaginario colectivo del consumismo, la di-versión… en fin: de la cultura de la muerte. De esta manera, esa corriente (que mezcla una falsa noción de felicidad con emociones y cierta desesperación) fabrica en las mentes un tipo de sentido común fofo, engañoso y, sin saberlo, a la larga amoral. ¿Qué podría hacerse más, antes y rodeando tales medidas? La clave se halla en la conciencia moral. Cuando una persona emplea su sentido común para enjuiciar el imaginario o sentido común social, nada a contracorriente para no ser arrastrado por el afán de amontonarse. Actuando de esta manera, cada cual es él mismo y no un mero y burdo reflejo del montón, de la masa del gentío…

Esto es así porque cada sujeto efectuaría un juicio moral correcto, que distingue el actuar bien para evitar caer en actos erróneos. Cada uno, en esto, es capaz de reflexionar sobre la trayectoria que ha seguido y el modo de corregirla, como ser responsable. Sin embargo, esto no se logra sin una formación previa: ¿cómo convencer a un chaval para que se autocontrole, si antes y ahora se le ha consentido todo y sobre todo? El discernimiento ético es difícil de efectuarse instantáneamente. Pero, el núcleo del problema no se halla sólo en ser o no consentidores, que es mucho, aunque insuficiente para comprender la crisis escolar, cuya prueba del algodón se concreta en el modo de tenérselas con el COVID. En este sentido, si en las escuelas sólo importa o valía aprender lecciones, saber cosas, en vez de que cada escolar tratara o supiera saberse a sí mismo (muchos estudiantes no se conocen, aunque saben muchos libros), ¿cómo van a efectuar razonamientos morales?, ¿no les falta la capacidad y el hábito de pensar sobre si su proceder desemboca en el bien o en lo malo?

Se podría argüir que en las aulas sí se les forma la conciencia, ya que se les enseñan valores. ¡Qué va! Me parece que enseñar algunos valores, como temas sobre solidaridad, tolerancia, democracia, etc. es quedarse a medio camino, ya que tales no agotan la integridad de cada alumno, ni el sentido de la cultura (en donde sale y circula el bicho). Además, para decidir sobre el propio actuar, incluso estos últimos valores, no hacen mella sin una previa conciencia moral, construida ésta mediante valores humanos (templanza, sobriedad, obediencia, respeto). La escuela (la directamente gestionada por el estado, la concertada y la privada) es un bien público. Como tal, ha de educar enseñando lo que es bueno y haciendo comprender que lo malo mata a la humanidad. También la educación efectuada mediante los medios de comunicación, como la tele. No se trata de excluir la información sobre COVID -19 ni la promulgación de disposiciones normativas, pero, si no hay formación recta de la conciencia, hecha la ley, enseguida se encuentra la trampa para evitarla. De tales acciones negativas, así como de las omisiones de hacer el bien, se sacan malos actos que contagian a otros o se vician a sí mismos (en este caso, se extenderían los rebrotes). Las asignaturas de Ética y Religión son medios que contribuyen a formar la conciencia moral. Ambas capacitan al alumno para efectuar el juicio moral. Por consiguiente, es racional su presencia en las aulas.

Pero, la Religión cristiana tiene un carácter especial. Por revelación sabemos que cada persona tenemos la ley natural inscrita por Dios en el núcleo más recóndito del hombre -varón y mujer-, en donde la palabra del Creador resuena en el yo-interno. Más concretamente, la vida espiritual católica, con los sacramentos se llega a ese núcleo de la interioridad de cada uno, posibilitando la conversión al orden de respeto a la naturaleza. Entonces, uno decide, por ejemplo, usar siempre el bozal y guardar la distancia interpersonal (no social, ya que cada cual efectúa así la socialización). Si no efectuamos discernimiento moral, desoímos el sentido pro-naturaleza de nuestro comportamiento. De aquí que debamos educar en las aulas para este fin. Porque una conciencia bien formada sabrá contrarrestar los mensajes negativos del medio ambiente, tan proclive a la cultura de la muerte. Además, si la labor de los docentes no acomete esta dimensión de la educación de los alumnos, entonces actúa a favor del mal. Pues, si la conciencia no se forma, se deforma.

SALVADOR PEIRÓ I GREGÒRI | CATEDRÁTICO DE UNIVERSIDAD

 

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