ATAJAR LA PANDEMIA

Publicado en Levante digital, 21 de mayo de 2020: 

https://www.levante-emv.com/opinion/2020/05/20/atajar-pandemia/2013345.html

 Los estudios, todavía inconclusos, de la seroprevalencia a nivel nacional están arrojando resultados preliminares de un 5% de personas que han pasado la enfermedad. Teniendo en cuenta que la población española es de 47 millones, eso supondría que han desarrollado la enfermedad alrededor de 2,3 millones de individuos que disponen de anticuerpos, lo que les hace inmunes ante nuevos contagios, si el coronavirus es estable y no muta en exceso: todo indica que es así. Quizá pueda variar al cabo de algún tiempo (¿años?), como la gripe, pero no nos pillaría de nuevas, pues esos anticuerpos harían de barrera protectora. Otros coronavirus (SARS-COVID-1, MERS) parecidos al que produce la actual pandemia han desarrollado anticuerpos estables en humanos (15 años, por ahora).

Los datos apuntados nos dicen que la confirmación de la enfermedad por PCR (232.000) solo ha contabilizado el 10% del total de los que han padecido la enfermedad COVID-19. Los fallecimientos suponen, según cifras oficiales, 28.000 personas a los que habría que sumar, con toda probabilidad, el exceso de mortalidad no registrado como COVID-19, básicamente en residencias de mayores: la cifra total se aproximaría a 40.000 decesos. Por tanto, podemos concluir que la tasa total de mortalidad está en un 2%: 13 veces más que en una epidemia de gripe (0,15%).

Si tenemos en cuenta los datos epidemiológicos, el 95% de las víctimas mortales en España tienen más de 60 años. Por el contrario, para personas comprendidas en la franja de edad entre 18 y 30 años, está en el 0,15%. En el conjunto de esos 2 millones que han pasado la enfermedad, el número de fallecimientos de menores de 30 y mayores de 18, es de 25 personas.

Como aún no tenemos «inmunidad de rebaño», que estaría en el 60% de la población (unos 30 millones de españoles), habría que ver el modo de adquirirla sin disponer de una vacuna efectiva: no será antes de un año, según cálculos optimistas. Como destacan los epidemiólogos, va a haber repuntes, sobre todo a partir de otoño: el virus no se va a ir; y las probabilidades de un nuevo confinamiento son muy altas. Por otro lado, la confinación, medida que en un primer momento ha tenido sentido, no se puede perpetuar en el tiempo, pues nos llevaría a la ruina en muchos aspectos: económicos, sociales, psicológicos, exacerbación de otras enfermedades, suicidios, etc. Solo hay que considerar que, según las previsiones el PIB de España en 2020 se va a desplomar un 9,2% (gobierno), entre un 10-12% (Banco de España), un 14 % el FMI, y reputados economistas lo cifran entre el 15% y el 20% (será lo más probable): una auténtica debacle. Eso sin tener en cuenta las secuelas en tantísimas personas; y tantos otros aspectos, como la no escolarización de millones de niños y jóvenes.

Ante este panorama desolador sugiero una arriesgada propuesta, pero que podría servir de alivio. En concreto, la posibilidad de que voluntariamente los mayores de 18 años hasta los 30, por tramos y poco a poco, vayan siendo infectados con dosis mínimas inmunogénicas del virus (unos 6 millones de personas; 12% de la población). Con un protocolo sanitario consensuado. Lógicamente, tendrían que estar bajo cribado y supervisión médica, mantener una cuarentena estricta hasta quedar plenamente curados y no contagiadores, y que carezcan de enfermedades crónicas o riesgo añadido (lo que bajaría muchísimo el peligro que asumirían). Ha de ser voluntario, sin coacción alguna. Y comenzando por las grandes ciudades. Eso podría suponer un número estimado de posibles fallecimientos de alrededor de 500 personas (habría que comprobarlo con datos más exactos); pero posiblemente sean bastantes menos, al estar controlados y no disponer de enfermedades de base que pudieran agravar el COVID-19. En cualquier caso, no se puede decir que el riesgo sea cero. Además, podríamos obtener plasma suficiente de anticuerpos para los siguientes brotes, lo que sin duda salvaría muchas vidas. Y un apunte, bastantes de ellos pasarán, de todas formas, la enfermedad por contagio.

Siempre hay que contemplar, como principio de fundamentación, el «primun non nocere» (lo primero, no hacer daño); pero también hay que velar, según el principio de beneficencia, por hacer el bien a los demás. En cualquier caso, lo prioritario sería tener suficientes garantías: si no, no es viable. Y requerirá de medios sanitarios suficientes.

¿Qué supondría? En primer lugar, disponer de una cantidad importante de trabajadores que atiendan el proceso productivo. Segundo, una población que haría de tampón, pues podrían atender a los mayores y convivir con los más menudos sin ningún tipo de problema (salvo la higiene de manos). Tercero, los niños podrían asistir al colegio con toda normalidad: a ellos apenas les afecta el COVID-19.

Es una «locura» lo que propongo; pero a grandes males, grandes remedios. Salvo que se prevea con certidumbre una vacuna para el otoño-invierno. Porque la «nueva normalidad» que se anuncia, a bombo y platillo, no sabemos bien en qué consistirá, pero es más que evidente la inexorable ruina. No nos salvaríamos de la pandemia totalmente, pero teniendo un 17% de la población con anticuerpos y dejando que se infecten los niños, poco a poco, llegaríamos fácilmente al 40% de la población. Pienso que el bien común de todos quizá exija este tipo de sacrificios. Y que Dios reparta suerte.

Pedro López | Biólogo. Grupo De Estudios De Actualidad 

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