
Publicado en Levante, 3 de enero de 2026
Pedro López
Grupo de Estudios de Actualidad
Con el concepto de paz desarmada y desarmante articula el papa León XIV el mensaje del 1 de enero, jornada mundial de la paz. Si algo necesitamos en un mundo polarizado, y extremadamente receloso, es precisamente un futuro en armonía, previsible, en donde todos quepamos porque nadie sobra en esta comensalía universal.
El Papa Francisco había anunciado, en diversas conversaciones informales, que estamos en el inicio, por etapas, a cachos, a pedazos, a trozos, de la tercera guerra mundial. Y ojalá se haya equivocado. Nada es más terrible que el dolor de la guerra que se cierne sobre los más débiles de modo desgarrador, demoledor, destrozador.
Ahora el papa León XIV, en su primer mensaje, nos recuerda la necesidad de avalorar la paz, eso que damos por supuesto y en lo que cotidianamente vivimos, gracias a Dios, en nuestro país. Pero no en todas partes, ni tampoco en todo tiempo. Y puede no seguir siendo así, irrumpiendo e interrumpiendo bruscamente en nuestra hermosa y previsible cotidianidad, destruyendo nuestra apacible vida que, con sus dificultades de ordinaria administración, nos incitan a la sencillez y al agradecimiento por la existencia.
Ahora León XIV se detiene a considerar que la paz -«la tranquilidad en el orden», como la definiera san Agustín- es ciertamente una tarea, pero sobre todo un don que viene de lo alto y que, por tanto, hay que implorar. Entre una vida turbulenta, donde el otro se constituye, por el hecho de ser otro distinto, en mi enemigo, como lo definiera Carl Schmitt; y una vida apacible, donde el otro es compañero de viaje y necesitado de mí y yo de él, hay un abismo existencial: el que va del infierno al cielo. No podemos olvidar que corremos neciamente el riesgo de confiar solamente en el poder y en la eficiencia de los medios armamentísticos modernos (porcentaje de PIB dedicado a defensa), olvidando que estamos en este mundo para testimoniar el poder del Dios de la paz. La cita bíblica, no pocas veces connotada de estupidez, de que hay que poner la otra mejilla, nos habla precisamente de esa paz desarmante, porque la bondad es desarmante, como desarmante es contemplar el rostro de un niño. Si ante la agresión se agrede, la espiral está asegurada hasta la eliminación de uno de los contrincantes. En cambio, si ante la agresión injusta se procede con paciencia, muy posiblemente hallemos la paz que desarma.
Y lo indicado de la paz desarmante, siempre desarmante, nos introduce también en el otro adjetivo: desarmada. Aquella paz que no busca el ojo por ojo y diente por diente, que es siempre una venganza, por más que se pretenda revestirla de justicia, sino la que acude sin pretensión de hacer justicia, lo que nos convertiría automáticamente en justicieros. «La paz resiste a la violencia y la vence. La paz tiene el aliento de lo eterno; mientras al mal se le grita “basta”, a la paz se le susurra “para siempre”».
Por eso, nunca podemos considerar la paz como un ideal lejano, ya que entonces no consideraremos escandaloso que se le niegue, e incluso que se haga la guerra para alcanzarla. «Si vis pacem, para bellum»: si quieres la paz, prepárate para la guerra; decían los cínicos y prácticos romanos. Pero, como afirma san Agustín, «el verdadero amante de la paz ama también a los enemigos de ella».