Libro gratis: Tengo miedo de perderte

Nunca es tarde si la dicha es buena. Y nunca se ha de perder la esperanza, porque la esperanza es lo último que se pierde, cuando esto de aquí abajo se desmorona. La crisis del mundo postmoderno la defino como la crisis de la esperanza: una vez que hemos desterrado a Dios y con Él el cielo y la felicidad eterna, ya no cabe más que una abúlica e intensa tristeza, una vida sin coraje ni aliento, encorsetada en clichés costumbristas y hedonistas, trufada de cinismo y de mentiras, hincada en la melancolía y la depresión: porque es lo que se lleva, lo que respiramos en el ambiente moral que huele a podrido, porque se ha llenado de cieno. Vivimos abocados a lo de abajo y francamente esto no da para más. Puede que traten de vendernos la burra de que vamos a vivir más años, como en las películas del Oeste había un personaje que, por un dólar, vendía el elixir de la eterna juventud. Pero, ¿de verdad vamos a vivir más? ¿Cuánto más? ¿En qué condiciones? Claro que cabe recurrir al birlibirloque del transhumanismo cibernético… en el que nuestro cerebro pueda subsistir en un ciborg… ¡Delirante si no fuera porque además es de una credulidad exasperante! Pero hay gente cándida que se lo traga sin rechistar, amén de que, como se dice popularmente, el mejor negocio del mundo sería comprar a los hombres por lo que valen y venderlos por lo que creen que valen: ¡la plusvalía sería tremenda! Inaudito, pero cierto, que en un mundo desarrollado, hipertecnológico, cientificista, se den  credulidades tan rudamente disparatadas. Advertía Chesterton que cuando los hombres dejamos de creer en Dios, creemos en cualquier cosa. ¡Y tanto!

Estas reflexiones pretenden ayudar a repensar la propia vida, la única que tenemos (aquí abajo y que es la salvaguarda para la vida eterna), para darle contenido, para que no sea evanescente, flor de un día; que tenga densidad, no sea efervescente, y sepa arrostrar la dificultad, el anhelo, nunca satisfecho aquí abajo, de ser feliz, sin por ello abdicar, arrojar la toalla y dilapidar lo mucho o poco que nos quede en este mundo, aunque sean solo unos minutos: porque siempre es tiempo. Ya decía Chesterton que la vida es una opción y la eternidad la apuesta. Sí, he dicho eternidad. ¿Acaso no queremos vivir siempre? Claro que no en la situación que conocemos. Por eso la última batalla es la que decide la guerra. La felicidad, como señala Aristóteles, solo se puede indicar de alguien después de haber completado el ciclo temporal, una vez finalizado el tránsito por este mundo, y no antes: fulano, que ya falleció, fue una persona feliz. Así pues, la felicidad que deseamos no se verá completada en la intrahistoria que conocemos; pero eso no quiere decir que no la anhelemos y, mucho menos, que no tratemos de verla como el objetivo vital; pero conviene no errar. De esto es de lo que va este ensayo. No sé si lo conseguiré, pero el propósito queda claro y manifiesto desde el inicio para que, al menos, sirva de orientación.

Pedro López García

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